“Tu historia” – Erick Monterrosas

Erick_MonterrosasErick Monterrosas
28 años
Defensor de derechos humanos
Distrito Federal

“Esta noche la ciudad es nuestra”

Miércoles 9:30 pm. Ángel de la Independencia. Manos conocidas se estrechan, mar de lucecitas intermitentes, los ajustes de último minuto, desarmadores, cinta. Nuestras aceitadas estrellas reposan postradas ante el Ángel. Los nuevos observamos inquietos, una especie de logia en crecimiento acecha. La voz grave reclama “¿Quién viene por primera vez?”. Las indicaciones son parcas y a la vez contundentes. Empieza la pugna por la ruta. Una democracia a obscuras, como otras, donde los gritos cuentan más que los votos. “Sur”, las manos se levantan. “Oriente”, parece que esta no será tu noche, “Norte” claman los puños, algunos perfectamente cubiertos por guantes.

El recorrido comienza puntual, nadie sabe con exactitud a dónde vamos. A donde sea, manubrios, pedales. Un auto con torreta y bocina pretende escoltarnos, pero el guía lo pierde hábilmente a pocas cuadras, deja que se adelante, vuelta intempestiva en una cuadra escondida, nos vemos. En realidad quien ande sobre más de dos ruedas será inexorablemente descartado. El paso es constante, la palabra de boca en boca, como los engranes de las cadenas, el torque de las revoluciones. “zanja-zanja-zanja-zanja-tope-tope-tope-tope”. Pasa fugaz la indicación, más de una ponchada es evitada. La gente mira de frente, la confianza de poseer la ciudad indomable, los pasadizos inextricables. El Centro profundo hace aparición, un escuincle grita “chingue su madre quien ande en bici”, una sola mentada para docenas de culeros. A estas alturas de la noche. ¿Quién osa penetrar mi barrio bravo?

Regresamos a los amplios ejes, salvo por una vena secundaria, prácticamente los cerramos. Proclamamos con furia y denuedo, esta noche la ciudad es nuestra. Esta es la venganza. Un automovilista, una bestia nos revienta, o al menos lo intenta. Avanza el carro, unos centímetros que son ultraje cuando son dirigidos hacia uno de nosotros. Creen que el poder y la armadura los han hecho invencibles. Aflora el rencor sublimado contra cada puerta, cada claxon y embestida de los toros de cuatro ruedas. La jauría de bípedos rodea la lámina que alguna vez fue inexpugnable. Algunos no ocultamos nuestras cicatrices. Insultos, sangre caliente, un minuto que se prolonga tenso, los excluidos de día proclaman su nocturna potestad absoluta de las calles. Un tipo mínimo sujeta frustrado su volante, tiene mil revoluciones por minuto, mas es lata inerte. El negligente queda rezagado, presiento que aún no comprende lo que está pasando, se queda inmóvil mientras lo rebasamos raudos.

Nos adentramos por las colonias de oídas, aquellas que nunca antes pisamos. Observamos con el fervor del que descubre, las fábricas, talleres, iglesias, las canchas y tiendas, las cosas más comunes y nimias con ojos imaginativos. A la luz mortecina que las ilumina, parecen espacios novedosos. Lo son, como sólo lo pueden ser los lugares que cargan su propia historia y la develan súbitamente ante el forastero. Los oriundos miran con desconfianza pero sin miedo. En mi ciudad aprendimos a crecer en guetos, no por propia voluntad o fatua reticencia. Este hermoso monstruo es un continuum de abismos; de distancia física y de realidades.

Hace eco la advertencia, alguna señal de que nos adentramos en territorio extraño, los barrios celosos tienen sus propias trampas. Vidrios, clavos, baches, sólo algunas formas de hostilidad mal disimulada. La hermandad hace acto de presencia, si se rezaga uno, paran todos, nadie se retira hasta que puedan zurcir esta cámara. De inmediato sale la parafernalia de reparación, y cómo no, la carrilla que ataca la destreza. Labios sensibles para detectar un leve soplo de aire, lima, saliva y parche. Esperemos que esto baste. Reanudamos la marcha, se vislumbra la Basílica, sus fantasmas peregrinos. Es un poco tarde, la tripa y el estrago exigen una recompensa. Las taquerías, amantes del monstruo, desperdigadas e infinitas en su inconmensurable territorio. Reímos, comemos, discutimos, observamos con envidia los cuadros de fibra de carbono y admiramos. Tomamos a bocajarro, el regreso nos espera.

Entrada la madrugada, los dedos gélidos y el pedal a fondo. Las bicicletas destellan, exhaustas y felices se van desviando por sus senderos, aquellos que llevan a casa. Gritos de despedida, nadie se da la mano.

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